Pedagogía del atasco de papel

¿Quién diría que el atasco de papel de la impresora sería la metáfora más precisa para el estado de permanente parálisis de la educación?

Pedagogía del atasco de papel

La docencia no es para nada difícil. Al menos no cuando se le compara con practicar una rutina de malabares con antorchas y cuchillos mientras un colega te arroja una tras otra las hojas de una pila de documentos y formularios que tienes que completar —todo esto sin dejar caer las antorchas y los cuchillos. ¿Y cómo es que cobran vida estos documentos y formularios? Pues claro, con una impresora.

Y cuando el papel finalmente entra y no se atasca, comienza la siguiente odisea: la escasez generalizada de insumos fantasma. Las corcheteras, las resmas y el tóner pertenecen a una categoría de objetos místicos que el colegio compra por toneladas, pero que jamás han sido vistos en el mundo real.

Las corcheteras, en particular, parecen poseer conciencia propia: desaparecen del escritorio docente en cuanto uno pestañea, terminando siempre en el bolsillo de alguna persona descuidada o en el fondo de un cajón bajo tres llaves. Intentar unir cincuenta guías de tres páginas cada una con la única corchetera funcional de la sala de profesores se convierte en un torneo de supervivencia donde la fila de espera rivaliza con la del sistema de salud pública.

Pero si hay otra cosa –aparte del tiempo– que no alcanza, esa es la tinta de la impresora. Nadie sabe exactamente por qué se agota. El informático rellena o cambia los cartuchos el viernes a la hora de almuerzo. “Qué amable”, dicen los profesores, agradecidos por su oportuna gestión. Y sin embargo, antes del mediodía del lunes, el cartucho está seco otra vez, mostrando que hay algo que puede desaparecer más rápido que las promesas de un político en año electoral.

Entonces, en un intento desesperado por modernizar la educación, las autoridades deciden implementar en el transcurso de una noche la tan anhelada transformación digital. A partir de entonces todo se gestiona mediante plataformas cuyos nombres cambian cada dos años y que exigen contraseñas con mayúsculas, minúsculas, números, caracteres especiales y el tipo de sangre del apoderado que nunca asiste a las entrevistas.

Lejos de agilizar el trabajo, cada profesor acumula una lista secreta de veinte claves distintas para ingresar las notas, registrar la asistencia o firmar el libro de clases virtual. El resultado es evidente: la plataforma colapsa a la misma hora en que vencería el plazo para subir los informes, devolviendo al docente al punto de partida, pero esta vez con migraña digital.

En un intento por huir del desastre de las plataformas educativas, el docente busca refugio en lo tangible, solo para recordar por qué demonios el Ministerio de Educación ordenó digitalizar los formularios y las bitácoras en primer lugar: el misterio insondable de los cartuchos que no quieren imprimir.

¿Adónde se va la tinta? ¿Es que acaso se filtra por un agujero microscópico o se evapora junto con el sueldo antes de la primera semana después del pago? ¿Es que acaso los profesores están imprimiendo por imprimir?, se preguntan algunos. Siempre queda la sospecha de que el colega de religión, en un rapto de desesperación pedagógica, haya impreso una copia de la Biblia para cada estudiante.

Y cuando por causa de Mercurio Retrógrado aún queda algo de tinta, la impresora busca otra razón para no imprimir. Sus entrañas crujen, como si estuviera triturando los últimos restos de esperanza. Luego escupe una hoja maltratada y, como si no fuera lo suficientemente evidente, una advertencia de atasco de papel. En ese momento el docente recuerda el meme: “Nunca permitas que una impresora se dé cuenta de que estás apurado”.

Aunque nunca conoceremos la raíz exacta del problema, podemos estar seguros de que, en la inmensa mayoría de los casos, la hoja entrará en blanco y saldrá en blanco. No importa si el cartucho está lleno o si los rodillos son nuevos. La impresora sabe el momento exacto en que puede hacer más daño. Nunca falla un viernes antes de la hora de almuerzo, sino que falla un lunes por la mañana.

El profesor la apaga y la enciende, porque así le enseñó uno de sus colegas más experimentados. Luego levanta la tapa, agita el cartucho, contempla las entrañas del dispositivo, acomoda las hojas y lo intenta nuevamente. Todo un ritual que combina la paciencia de un monje con la desesperación de un médico en urgencias. Pero la impresora insiste en su capricho: se resiste, parpadea con luces que nadie entiende y esta vez, en vez de un ruido extraño, devuelve un silencio irónico.

Es ahí cuando surge la figura mítica del informático del colegio. Aunque su existencia es esquiva y, muchas veces, inmaterial, el encargado aparece desde una dimensión paralela e intenta la misma rutina de la tapa, el cartucho y las hojas. Su respuesta ante cualquier problema oscila entre dos extremos sagrados: “¿Está seguro de que la impresora tiene papel?” o “Tendremos que llevarla al servicio técnico”.

Ante la imposibilidad de proporcionar una solución real, el informático se limita a mirar la impresora con desdén, el mismo desdén con que lo observan los profesores. Y entonces tiene una idea maestra: “A ver, intentaré imprimir algo”. Entonces, luego de dos clics, la impresora escupe una hoja de prueba con un texto más negro que el humor del director en un consejo de profesores. Tan pronto como el informático desaparece en la niebla del pasillo, los profesores intentan imprimir algo y el problema vuelve a aparecer.

Y no es que el profesor haya esperado para imprimir hasta el último minuto. No: el documento se preparó con semanas de anticipación. Se revisó, se corrigió, se guardó en todos los formatos posibles y se envió con tiempo suficiente para sacar cien mil copias en dúplex manual. Nada de eso importa. La impresora, maestra del sabotaje, guarda su golpe más cruel para el momento exacto en que el aprendizaje de cientos de personas depende de su labor.

¿Y qué piensan los estudiantes de todo este espectáculo? Para ellos, el drama del atasco de papel no es más que una victoria estratégica. El guion de una obra donde un profesor lucha contra la máquina mientras la hora de clase avanza sin perdón. Cada minuto que la impresora secuestra es un minuto menos de clases, un respiro en la jornada y una excusa perfecta para argumentar que si los estudiantes no recibieron la guía, entonces la prueba no puede aplicarse. Mientras el docente suda frío frente al cartucho destapado, el alumnado observa con paciencia olímpica, sabiendo que, al menos por hoy, la burocracia ha jugado a su favor.