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¡Usted también puede fungir de profesor!

Antes de comenzar, quisiera aclarar que esta columna surgió del impulso por compartir un análisis más profundo sobre el tema abordado en una carta al director titulada No más voluntariado docente escrita por las colegas Valentina Rojas, Dominga Miranda y Pilar de la Maza, todas ellas profesoras de enseñanza básica que ejercen en la comuna de Cerro Navia.

Pongamos las cosas en contexto: Chile acumula un extenso historial en términos de insuficiencia de profesionales de la educación, más específicamente profesores. Hoy los expertos estiman que para 2025 podrían faltar algo así como 32 mil profesores, lo que no es de extrañar considerando que entre 2005 y 2020 la matrícula de primer año en pedagogías (excepto párvulos y diferencial) ha caído en promedio un 4% anual y que, además, la deserción laboral docente alcanza en promedio el 4,1% anual. En términos absolutos, esto significa que en promedio 8 mil docentes salen del sistema en el transcurso de un año. Las razones para esta decadencia no son desconocidas para nadie y las medidas que se intentaron a través de la creación de la Beca Vocación de Profesor y la Carrera Docente no han cambiado en absoluto la proyección. La Carrera Docente "se pensó para atraer a más personas de mayores habilidades académicas a la pedagogía, pero ese propósito fracasó", dice el ex ministro de educación Harald Beyer.

En la gráfica se muestra la tendencia de la disponibilidad de docentes idóneos proyectada hasta el inicio de la próxima década, cuando se estima que faltarán algo más de 33 mil docentes idóneos en las más diversas áreas. (Fuente del gráfico: Elige Educar).

La profesión docente no es atractiva para nadie

Las promesas por hacer más atractiva la profesión docente han estado lejos de cumplirse. Un profesor recién egresado, trabajando en un colegio que ha ingresado a Carrera Docente gana lo mismo que ganaba un profesor antes de que existiera este sistema, es decir, alrededor de 800 mil pesos. La única diferencia es que, luego de pasar por las múltiples variantes de la evaluación docente (portafolio, prueba de conocimientos, entrevista evaluador par, autoevaluación y más), sufrir el agobio respectivo asociado a tener que validar que su alma máter le entregó la formación adecuada y haber acumulado los años de experiencia necesarios (como si unos bienios miserables fueran a alentar a alguien a permanecer en el sistema), un profesor puede aspirar a una remuneración ligeramente superior. Porque sí... con 7 años de experiencia y una primera evaluación en el cuerpo (la del año pasado, cuyos resultados aún desconozco), puedo decir con conocimiento de causa que, teniendo en cuenta que a lo máximo que puedo aspirar es a un aumento de unos 50 mil pesos, la cifra es absolutamente insuficiente.

Es verdad que no todo se trata de dinero y que hay una fuerte componente de valoración social que cualquier profesional que dedica su vida a la formación de las futuras generaciones de ciudadanos esperaría de parte del resto de la comunidad. Sin embargo, en el área de la educación, esta valoración hoy no existe. ¿Podemos responsabilizar de ello a alguien en particular? No me atrevería a dar una respuesta demasiado específica porque el fenómeno es multidimensional. Lo que sí puedo hacer es mencionar dos factores que creo que inciden de manera significativa: 1) la carencia de recursos materiales y de formación propicia para que los docentes puedan planificar, diseñar y ejecutar clases que cumplan con los más altos estándares de calidad (fenómeno que se explica por la inexistencia de tiempo y recursos económicos para hacerlo, tema que planeo profundizar en una futura columna) y 2) el mínimo aporte de la familia como responsable principal de formación de sus hijos en términos de habilidades blandas básicas y que, al menos en la realidad que vivo día a día, suele adoptar una posición que tiende más hacia el antagonismo o la lucha constante que hacia la colaboración con la escuela.

Enseña Chile: una organización de ingenieros con complejo de superioridad

"Trabajamos para asegurar que todos los y las estudiantes en Chile alcancen su máximo potencial a través del liderazgo colectivo", se lee en la biografía en Twitter de EnseñaChile, una organización que se define como sin fines de lucro y cuyo propósito principal es el de formar líderes educativos que impacten sobre el sistema educativo.

Si uno indaga en el tema, las cosas no tardan en ponerse raras, sobre todo cuando uno lee bajadas de prensa como la de CHV Noticias que versa: "¿Sabías que puedes ser profesor sin haber cursado la carrera de pedagogía?", cuando se revisan los requisitos para postular (en resumen, haber estudiado una carrera de más de 8 semestres y tener un promedio PSU en Lenguaje y Matemática igual o superior a 550 puntos) o cuando se lee un comentario respecto del destino de quienes son escogidos emitido por la directora del programa, quien afirma que "el colegio lo contrata como un profesor más de su planta docente, recibe la misma remuneración y trabajan la cantidad de horas que el establecimiento educacional necesite".

Y es que la organización ofrece la oportunidad de que profesionales de áreas que estudian temáticas a fines a las asignaturas que se enseñan como parte del currículo educativo de los colegios, puedan ejercer como profesores (y, de hecho, hacerlo mejor que un licenciado en educación). ¿Suena bien, no es cierto?

En lo personal no me costó demasiado decepcionarme. De hecho, el mero hecho de invadir el campo que le pertenece a otra profesión con aires de grandeza y de superioridad moral, intelectual y hasta espiritual, ya me parecían suficientemente aberrante, pero eso está lejos de ser lo único. Hoy puedo decir con razón que me dieron razones de sobra para no quedarme callado y reunir motivación para sentarme a escribir esta columna.

Lo primero que llamó mi atención al revisar con un poco más de detalle el sitio web oficial de la organización, fue comprobar que los fundadores son: cuatro ingenieros civiles, una licenciada en ciencias económicas y un psicólogo educacional (de los seis, el único profesional afín, pero no por eso dotado de competencias equivalentes a las de un docente). Tratando de no caer en un exceso de subjetividad, me detuve un momento y determiné que no sería muy difícil argumentar que los miembros fundadores pueden prescindir de la formación necesaria para hacer operativa la misión.

No tardé en caer en otra inquietud: ¿Podría argumentarse lo mismo sobre el directorio, que al fin y al cabo son quienes toman las decisiones principales? Dos clics más y me encontré con los currículos de sus miembros: un estadounidense con máster en estudios internacionales, un economista, un periodista, una ingeniera civil y un ingeniero industrial. Otra vez: ¡ni un solo profesor!

Aún incrédulo, me propuse revisar los miembros del consejo directivo. Antes de ingresar a ese apartado del sitio web, reflexioné sobre cuál debiese ser la función principal de un órgano de esta naturaleza y terminé por acotarlo, en términos muy sencillos, al de asesorar al cuerpo directivo. Bajo este prisma, me pareció razonable pensar que los miembros más idóneos tendrían que ser, de una vez por todas, expertos en educación. Sin embargo, por tercera vez me llevé una profunda decepción. El consejo directivo lo forman: cuatro economistas, dos ingenieros civiles, un ingeniero industrial, un gerente de recursos humanos de una empresa de telefonía, un arquitecto, un periodista y un abogado. Y me veo en la obligación de repetirlo: ¡Un arquitecto!

Nuestro sistema educativo no es perfecto, pero la culpa no es de los docentes

Es cierto que Chile tiene uno de los gastos más altos en educación en el mundo y que los resultados no se condicen con el alto grado de inversión, es decir, hay evidencia para sostener que algo no está funcionando bien. Sin embargo, cuando se tienen en cuenta factores como: que la cantidad de alumnos por sala es un 30% superior al promedio OCDE, que el gasto no está orientado a sueldos de profesores ni a condiciones de infraestructura, que la formación inicial docente no es idónea, que los recursos materiales con que cuenta el docente son extremadamente limitados y que el apoyo de las familias en los contextos más vulnerables es prácticamente nulo, no es tan difícil entender por qué ocurre así.

De todos modos, para la tranquilidad de los colegas docentes y de los padres, madres y apoderados que obviamente desean la mejor formación para sus hijos, el problema no es que los profesores seamos pésimos, como pensara el otrora ministro Ignacio Briones. Informes contundentes como el elaborado por el CIAE de la Universidad de Chile en 2014 han concluido que el problema principal no es la calidad de los profesores, sino las condiciones en que nos toca trabajar, que son tan precarias como las de los profesionales que se desempeñan en el sistema de salud pública (donde a veces se llega al extremo de no disponer de guantes para hacer procedimientos de tacto rectal). Y quiero insistir en algo poniéndolo de otra forma: si bien es cierto que los recursos no garantizan los resultados, son condición mínima e indispensable para empezar a pensar en un cambio y construir un futuro mejor.

Como diría Violeta Parra: "Pastelero a tus pasteles"

Mi columna parte de la rabia y de la impotencia que siento al ver que personas que no han dedicado un día a recorrer el mapa escolar ni a caminar sobre el territorio educativo (en términos de Carlos Calvo) y que no han experimentado en carne propia lo que se vive al interior de las aulas de una escuela chilena se autodenominen expertos en área que no podrían estar más alejadas de las competencias y habilidades que les proveyó su formación inicial. Ningún diploma, ningún máster, ningún doctorado te puede proporcionar la experiencia de estar adentro del aula, del mismo modo en que un estudiante de médico cirujano no se puede sentir satisfecho hasta haber conducido por su cuenta unas cuantas cirugías que culminen exitosas.

No veo cómo un integrante del gremio ingenieril podría manifestar un sentir diferente al mío si de pronto una agrupación de profesores se embarcara en la prepotente misión de mejorar la manera en que se ejecutan las obras de ingeniería en el país aduciendo tener la verdadera receta para el éxito. Imagínese usted qué pasaría si de pronto los docentes, en un arrebato de superioridad nos atrevemos a jactarnos de que, producto de las cualificaciones que nos proveen los múltiples oficios que sin ser remunerados desempeñamos a diario, de todo el conocimiento disciplinar que manejamos y de nuestro rol como formadores de profesionales expertos en todas las áreas que existen y existirán, estamos en condiciones de fungir no solo de ingenieros, sino de abogados, médicos, físicos nucleares, políticos y cuanta profesión existe (e incluso hacerlo mejor que todos ellos sin necesidad de haber estado en la cancha ni un solo minuto del partido). Imagino que podrían ocurrir dos cosas: nadie nos tomaría en serio o simplemente seríamos el hazmerreír.

Sí: quizá sea muy pronto para elaborar una conclusión definitiva respecto de las verdaderas consecuencias que tendrá la implementación de proyectos como los que proponen Enseña Chile y otras organizaciones similares, aunque debo decir que mi hipótesis es que, de no ser negativo, en el mejor de los casos será neutro y en ningún caso atenderá la crisis educativa de manera sustancial como se proponen. El análisis de los efectos de un empeño así requeriría un estudio de tipo longitudinal que controle las múltiples variables intervinientes que podrían alterar la interpretación (como el impacto que ha tenido la pandemia sobre la salud mental de los NNA, los profesores y otros miembros de las comunidades educativas), cosa que dada las características del fenómeno es virtualmente imposible. Pero si hay una cosa clara es que, como diría Violeta Parra, pastelero a tus pasteles. Necesitamos formar más y mejores profesionales de la educación, no importarlos de otras áreas a una que requiere más experticia y rigurosidad y menos improvisación.

Referencias bibliográficas

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