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Educación en pandemia: crónicas de un docente

Medidas de prevención en el aula

Han pasado más de dos años desde que se descubrieron los primeros casos de la COVID-19 en los hospitales de Wuhan. Mucho ha cambiado en nuestra percepción de esta nueva enfermedad, así como en nuestra forma de vida. En términos históricos, las plagas siempre han tenido consecuencias a nivel social y económico—después de una pandemia el mundo nunca vuelve a ser el mismo de antes.

A pesar de que teníamos métodos bien aprendidos para todas nuestras actividades cotidianas, la pandemia nos obligó a pensar nuevas maneras de hacer las cosas. Esta necesidad rompió con toda reticencia hacia la digitalización, produciendo un cambio de actitud que hizo patente la dicotomía entre actualizarse o fenecer en términos tecnológicos.

Una de las consecuencias que tuvo la digitalización del trabajo fue la ruptura definitiva de la línea divisoria que, casi inexistente, luchaba por subsistir en su función de separar el espacio personal del espacio laboral. En el caso de la educación, esta ruptura tuvo efectos tanto para los docentes como para los estudiantes, pues cada uno los actores del fenómeno educativo no tuvo más alternativa que aceptar que los otros se asomaran a su hogar a través de la pantalla y la cámara web. De una u otra forma, el hogar dejó de ser ese lugar cuya intimidad otrora resguardábamos con ahínco, para transformarse en un espacio multifuncional que tuvimos que abrir digitalmente a los demás.

Perdón, ¿dijo enseñanza asincrónica?

El período escolar 2020 comenzó como un año normal. En las conversaciones de la sala de profesores emergían, como un recuerdo por completo sepultado bajo las arenas del tiempo, las dos o tres semanas en que la normalidad de las clases se vio interrumpida por el estallido social de octubre de 2019. Los efectos que la pandemia producía entonces en otros puntos del globo, resonaban muy lejanos aún. Tanto así que nadie se terminaba de convencer de que en algún punto nos encontraríamos en serias dificultades sanitarias producto de una partícula cientos de veces más pequeña que una célula, pero con un poder de reproducción e infección enorme.

La normalidad del año escolar duraría poco: no pasaron dos semanas hasta que nos encontramos dando inicio a lo que sería un extenso período de confinamiento que fue haciéndose más severo a medida que la pandemia se agudizaba y que terminó por dejarnos a todos encerrados en nuestras casas. En principio, el colegio donde trabajo decidió adaptar la enseñanza a una de tipo asincrónico. ¿Asin-qué?, nos preguntamos. Pocas veces o, de plano, nunca antes habíamos escuchado ese término. Era un concepto que asomaba tímido en la literatura afín como una modalidad que en el pasado, y de manera siempre experimental, se había implementado con relativo éxito en algunos colegios y universidades. Para la mayoría de los docentes y directivos el concepto LMS (sigla de la expresión inglesa Learning Management System) era por completo desconocido. Pero en un país como el nuestro donde las palabras capitalismo, mercantilización y globalización son parte del esquema diario, no tardaron en surgir alternativas más o menos funcionales.

Nos tuvimos que adaptar. Hubo que preparar material autoexplicativo en la forma de guías de trabajo que pudieran suplir la función del docente con instrucciones mucho más detalladas de lo normal. Me atrevería a decir que esta fue la fase más débil en términos de logros académicos de todas las que desarrollamos. Y digo todas porque claramente la enseñanza asincrónica no fue la única modalidad a la que nos tuvimos que adaptar. Si hay una cualidad que caracteriza el trabajo docente es nuestra capacidad de reorganizar, reformular y reimaginar lo previamente diseñado. En términos curriculares, la flexibilidad es parte de la naturaleza de la educación sistemática. Son tantas las variables y factores que influyen en el normal desarrollo de una clase que no hay una sola en que no se tenga que hacer por lo menos algún cambio en la planificación.

Enseñanza sincrónica: las clases telemáticas

Durante lo que podríamos llamar la segunda fase de la pandemia, la enseñanza se acomodó a una nueva modalidad: la enseñanza sincrónica. En el empeño por intentar hacer nuestro trabajo lo mejor posible, los que disponíamos del espacio, acomodamos una habitación en nuestro hogar y abrimos nuestras billeteras a la adquisición de tecnología apropiada: una cámara web, una tableta digitalizadora y un buen computador se transformaron en dispositivos esenciales. También hubo que contratar un buen servicio de internet.

Tal y como ocurrió en muchas otras áreas, el gobierno nunca llegó. Para los docentes no hubo subsidios, bonos de reconocimiento, ni aportes estatales en materia tecnológica. Los sostenedores tuvieron que redirigir los recursos que recibían normalmente para cubrir la implementación (mantener una página web actualizada, comprar o suscribir licencias para aplicaciones como Zoom y contratar los servicios tecnológicos de alguna ATE). Es cierto que una parte importante del financiamiento estatal recibido por los colegios dejó de usarse con fines logísticos y de pago de servicios básicos, pero también lo es que no solo los profesores necesitaban recursos tecnológicos: el mayor problema estuvo en la brecha digital que se visibilizó más que nunca. Algunas familias no disponían de un computador o de conexión a internet (disyunción incluyente). Otras, pese a contar con ambas facilidades, no tenían pantallas suficientes para conectar a todos sus hijos a clases, por lo que tenían que alternarse.

Las clases vía Zoom, Meet o Teams (dependiendo de la plataforma preferida por cada comunidad educativa) fueron todo un desafío. En un comienzo, la novedad permitió sacarle cierto provecho inesperado. Sin embargo, tarde o temprano se volvió rutina. Los estudiantes empezaron a dejar de encender sus cámaras y, con ello, a evitar a toda costa participar del proceso. Sabían que por mucho que el profesor los llamara por su nombre, en la práctica no había nada que pudiera hacer para obligarle a participar. Nadie podía saber siquiera si su persona estaba realmente del otro lado de la pantalla y siempre podía usarse la excusa de haber ido al baño justo en ese momento.

Es probable que ningún docente se haya librado de un pantallazo compartido entre los estudiantes por WhatsApp (del que pueden haber surgido incluso algunos memes) o un video subido a TikTok por un alumno ocioso que quería ganar unos cuantos likes a costa de la imagen de su profesor o un compañero en las redes sociales. En algunos casos incluso hubo situaciones de acoso escolar que derivaron de este tipo de comportamientos que a priori parecen inofensivos.

Nuestras clases se hicieron públicas. No en el sentido de que cualquier persona pudiera entrar (aunque más de algún colega recibió un paracaidista en una de sus clases), sino porque aparte de los estudiantes, fuimos observados inquisitivamente por sus padres, madres y/o apoderados (como se estila por estos días), o menos inquisitivamente por algún hermano, un primo o un amigo. Y no es que esta compañía haya significado en sí mismo un problema: en clases un docente tiene poco o nada que esconder.

Desde mi punto de vista la mayor dificultad se presentó en términos de distracción. La capacidad de concentración de un estudiante promedio (si es que existe tal cosa) es un parámetro sumamente volátil, en tanto depende de factores internos y externos a su persona. Agregar un distractor más (o varios) hacía toda la tarea aún más difícil, sobre todo, teniendo en cuenta, que la mayoría de las veces lo único que veíamos eran pantallas negras.

Sin embargo, también es verdad que la presencia de personas ajenas al alumno en nuestras clases nos hizo sujeto de críticas que, en la mayoría de los casos, resultaban injustificadas o se originaban en la ignorancia del fenómeno pedagógico propio de alguien que no es docente.

Bienvenidos a las clases híbridas

Dependiendo de la comuna y el establecimiento en cuestión, poco antes de finalizado el primer semestre o, de plano, iniciado el segundo, comenzaron a regresar (no exentos de temor) los primeros estudiantes. Fue complejo por varias razones, algunas de las cuales enumero a continuación.

En algunos cursos, las alumnas volvieron en grupos más o menos numerosos. En otros, comenzaron apareciendo uno o dos estudiantes por día. Pero no hay que olvidar que, en cualquier caso, la mayoría de los estudiantes siguieron conectándose desde casa. Tuvimos que aprender a dirigir y ejecutar dos clases en simultáneo: una para las estudiantes que por coraje, necesidad u obligación se presentaban en la sala de clases cada mañana; y otra para las alumnas que preferían o decidían justificadamente seguir conectándose por vía telemática. ¡Algunos incluso tuvimos que superar el desafío añadido de la evaluación docente en estas condiciones! Sin ánimo alguno de soberbia, creo que como gremio demostramos un nivel de adaptabilidad insuperable.

En un momento cualquiera de una clase mi atención se dividía en: mantener mi mascarilla en su lugar y el respectivo distanciamiento social, resguardar que las estudiantes también cumplieran estas medidas, no perder el hilo de la clase (es decir, no perderme en el guion), estar atento a las manos levantadas en la sala física y virtual, revisar los mensajes en el chat, velar por que las estudiantes me escucharan desde sus casas y vieran correctamente la presentación de PowerPoint, entre otras cosas. Este mismo ciclo se repetía miles de veces en cada clase.

El invierno fue crudo: no había ropa abrigada que bastara para evitar que sus gélidas agujas te clavaran por todo el cuerpo. Viene a mi mente la imagen de mis colegas y mis alumnas temblando de frío. Recuerdo haber tenido que pedir un calefactor para calentarme por un momento y haber disfrutado mucho una bebida caliente en el recreo. Agosto, el último mes del invierno en el hemisferio sur, se caracterizó por unos fríos increíbles. Aunque todos los años es igual, había una tremenda diferencia: antes de la pandemia no nos hubiésemos imaginado hacer una clase con puertas y ventanas abiertas con uno o dos grados bajo cero. Tampoco tener que desayunar o pasar los recreos en lugares que no contaban con las condiciones idóneas en términos de infraestructura y temperatura ambiental.

La salud mental fue la más afectada. Un número significativo de colegas docentes, previa evaluación por un profesional, tuvieron que ausentarse de las aulas producto de una licencia médica. En condiciones normales los docentes hemos naturalizado la presión y el estrés constante que el medio en que nos desempeñamos ejerce sobre nosotros. Con todas las dificultades propias de la pandemia, pocos fueron los que pudieron resistir. No fuimos primera línea como el personal de salud, pero tuvimos que seguir educando o intentando educar a nuestros estudiantes bajo cualquier circunstancia. Si el colegio se cerraba por un caso o un brote de COVID-19, volvíamos a la modalidad sincrónica. Y si un día un docente tenía algún síntoma relativo a la enfermedad, se conectaba desde casa para seguir educando.

En líneas generales, lo más difícil fue llegar a las estudiantes. Independiente si fue por razones logísticas (básicamente de conexión), de salud (algunas estudiantes o sus familias lo pasaron mal durante la pandemia) o de motivación (un factor de éxito educativo siempre presente), los logros académicos se vieron deteriorados en una medida que es difícil de medir o evaluar.

¿Qué nos depara el futuro?

La lucha de poder entre el Ministerio de Educación y el Colegio de Profesores se viene arrastrando desde los tiempos de la presidencia de Mario Aguilar. La disputa gira hoy en torno al retorno a la presencialidad. Desde una esquina del ring, Raúl Figueroa dice que hay que volver a la presencialidad a como de lugar; desde la otra, Carlos Díaz apela a que sería apresurado hablar de eso cuando apenas iniciamos enero. Y pese a que comparto más esta última idea que la primera, la disputa ha adquirido un carácter tan nefasto (propio de políticos chilenos) que ninguna de las dos figuras termina por convencerme en lo absoluto. En definitiva, ni Díaz ni Figueroa tiene el control sobre la naturaleza: el virus muta siguiendo las ideas de la evolución por selección natural y no los caprichos de dos personas.

Este nuevo año el foco tendrá que estar puesto desde el inicio en la recuperación de los aprendizajes. Si la evolución de la pandemia permite la presencialidad plena y un retorno a clases con cierto grado de normalidad (digo en cierto grado porque la interferencia producida por las medidas de prevención no permiten hablar de absoluta normalidad), tendremos que ocuparnos de subsanar todas las carencias educativas que padecen hoy nuestros estudiantes. Marzo traerá consigo la necesidad de volver a despertar el espíritu creativo-innovador y de seguir pensando en la flexibilidad y la adaptabilidad como características fundamentales del currículo.

Es probable que esta no sea la única gran pandemia que nos toque presenciar en el transcurso de nuestras vidas: la combinación de la ciudad moderna y nuestras prácticas asociadas a la ganadería nos hacen altamente propensos a las enfermedades. Aún así, lo que nos depare el futuro es un juego de probabilidades y azar. Eso sí... según Einstein, Dios no juega a los dados.

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