Pedagogía del atasco de papel
¿Quién diría que el atasco de papel de la impresora sería la metáfora más precisa para el estado de permanente parálisis de la educación?
La docencia no es para nada difícil. Al menos no lo es comparada con hacer malabares con antorchas y cuchillos mientras un tercero te arroja una tras otra las hojas de una pila de documentos y formularios que tienes que completar —todo esto sin dejar caer las antorchas y los cuchillos. ¿Y cómo es que cobran vida estos documentos? Pues claro, con una impresora.
Si hay otra cosa que no alcanza aparte del tiempo, es la tinta de la impresora. Nadie sabe exactamente por qué se agota. El informático rellena o cambia los cartuchos el viernes a la hora de almuerzo. “Qué amable”, dicen los profesores, agradecidos por su oportuna gestión. Y sin embargo, antes del mediodía del lunes, el cartucho está seco otra vez, mostrando que hay algo que puede desaparecer más rápido que las promesas de un político en año electoral.
¿Adónde se va la tinta? ¿Se filtra por un agujero microscópico o se evapora junto con el sueldo y los feriados que nunca alcanzan? ¿Es que acaso los profesores están imprimiendo por imprimir?, se preguntan algunos. Siempre queda la sospecha de que algún colega, en un rapto de desesperación pedagógica, fotocopió clandestinamente la biblia entera para la prueba de religión.
Y cuando por causa de Mercurio Retrógrado aún queda algo de tinta, la impresora busca otra razón para no imprimir. Sus entrañas crujen, como si estuviera triturando los últimos restos de esperanza. Luego escupe una hoja maltratada y, como si no fuera lo suficientemente evidente, una advertencia de atasco de papel. En ese momento el docente recuerda el meme: “Nunca permitas que una impresora se de cuenta de que estás apurado”.
Independiente de la causa, en la inmensa mayoría de los casos, la hoja entrará en blanco y saldrá en blanco. No importa que el cartucho esté lleno o que los rodillos sean nuevos. La impresora sabe el momento exacto en que puede hacer más daño. Nunca falla un viernes por la tarde, falla un lunes por la mañana, justo antes de la primera clase.
El profesor la apaga y la enciende, porque así le enseñó el informático del colegio. Luego levanta la tapa, agita el cartucho, acomoda las hojas y lo intenta nuevamente. Todo un ritual que combina la paciencia de un monje con la desesperación de un médico en urgencias. Pero la impresora insiste en su capricho: se resiste, parpadea con luces que nadie entiende y esta vez, en vez de un ruido extraño, devuelve un silencio irónico.
Y no es que el profesor haya esperado para imprimir hasta el último minuto. No: el documento se preparó con semanas de anticipación. Se revisó, se corrigió, se guardó en todos los formatos posibles y se envió con tiempo suficiente para sacar cien mil copias en dúplex manual. Nada de eso importa. La impresora, maestra del sabotaje, guarda su golpe más cruel para el momento exacto en que el aprendizaje de cientos de personas depende de su labor.